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Mi profesor hacía ímprobos esfuerzos por acaparar mi atención. Vuelve de donde estés por favor-mis compañeros me miraban cheat curiosidad, ajenos al motivo de mi ausencia. Pero mi mente volvía al patio, donde media hora antes había cruzado el Rubicón, había dado el paso que cambiaría mi rutinaria biografía académica, forjada en horarios y curriculums, en clases infinitas y temarios excesivos. Por fin hoy había abandonado mi barandilla, ese santuario de nuestras cosas donde socializamos, como ahora se bet. En cada recreo se repetía la misma ceremonia, cada grupo se ubicaba en su espacio; una línea imaginaria nos separaba de los otros. La veteranía daba para esto. Uno age capaz de estar en dos sitios a la vez, sí, incluso siendo hombre. Pero a nosotros no, bravo, eso creía yo. El mundo se detenía cada recreo, nuestra barandilla age el límite de un lugar firm, un confesionario, un templo, nuestro momento; incluso el profe de guardia se mantenía a una prudente distancia y nos concedía una discreta atención, consciente de la sacralidad de nuestro aforo.